martes, 23 de septiembre de 2008

ULTIMO COMENTARIO SOBRE GEORGE W BUSH



Basado en un hecho de la vida real


Este es el ùltimo comentario que harè sobre George W Bush, el presidente màs idiota y manipulador màs grande que ha pasado por el mundo. La lista es larga y pesada: Estados Unidos iba a imponerse en el siglo XXI como la única superpotencia, gracias a su poderío económico, tecnológico y militar. La figura del presidente iba a engrandecerse y a ampliar su capacidad de maniobra y sus márgenes de acción respecto a los otros dos poderes. El Partido Republicano estaba destinado a producir un realineamiento del electorado del mismo estilo que el que produjo Franklin D. Rooseevelt desde 1932. Todo ello iba a conducir precisamente al desmontaje del Estado surgido del New Deal, el Big Government detestado por la derecha libertaria y antifiscal. Éste era el programa oculto de George W. Bush en el año 2000, cuando consiguió que el Tribunal Supremo le otorgara la victoria electoral sobre Al Gore mediante la paralización del recuento de votos en Florida. Quienes fueron hilvanando este conjunto de proyectos, Donald Rumsfeld, Dick Cheney, Paul Wolfowitz, Karl Rove, y tantos otros personajes que han venido formando esta pléyade conservadora al cargo del mundo en los últimos ocho años, deben estar en estos momentos en una situación de máxima confusión.

No han conseguido avanzar en ninguno de estos ambiciosos objetivos, destinados a cambiar no tan sólo Estados Unidos sino el mundo. Contaron con amplísimos márgenes de maniobra para conseguirlos, pero no supieron aprovecharlos. Y consiguieron, incluso, invertir la dirección de sus esfuerzos hasta un punto difícil de imaginar, que necesariamente debe ser fuente de la mayor amargura para todos ellos. Su cabalgada conservadora ha acelerado el declive americano, de forma que su país tiene menos capacidad de maniobra y menos autoridad en el mapa del mundo tal como queda después de esta presidencia. Todos los esfuerzos para ampliar los poderes presidenciales han quedado afortunadamente en muy poco, gracias a la acción de la justicia y del poder legislativo, de forma que pasará tiempo antes de que alguien vuelva a ensayar la idea de una presidencia imperial. El partido republicano ya perdió la mayoría en las dos cámaras en 2006 y puede retroceder más todavía en las elecciones de 2008, en las que todo juega a favor del candidato demócrata.

Pero el punto más doloroso para la derecha bushista es que la coronación de su presidencia será precisamente la restauración de los ideales rooseeveltianos. El paquete de medidas intervencionistas habilitado a toda prisa para frenar la marcha hacia el abismo supone la mayor intervención del Gobierno en la historia de la economía norteamericana. En cuestión de pocas semanas el Estado ha nacionalizado las dos entidades hipotecarias más importantes (Fannie Mae y Freddie Mac), con sus 6 billones de dólares de hipotecas garantizadas. Ha intervenido activamente como sólo lo hacen los gobiernos intervencionistas en la compra de Bear Sterns por J.P.Morgan y de Merrill Lynch por Bank of America. También ha nacionalizado la mayor aseguradora del mundo American International Group. Y finalmente, ha lanzado un plan de rescate para tapar el pozo sin fondo originado por las hipotecas basura por valor de 700.000 millones de dólares (medio billón de euros).

La derecha americana ha hecho así una exhibición de los poderes del Estado y de la necesidad de la intervención pública, tirando por la borda toda la doctrina elaborada en los últimos 30 años. Quienes aseguraban, con Ronald Reagan, que los gobiernos son el problema y no la solución se han visto ahora obligados a desmentirse en la práctica. El Congreso pedirá contrapartidas sociales y redistributivas para compensar esta exhibición de 'moral hazard' (riesgo moral). Los ocho años de Bush han hecho aumentar las diferencias de riqueza, han recortado la asistencia médica y las ayudas sociales, han limitado las inversiones en equipamientos públicos, y como culminación se ha producido una oleada de desahucios como resultado de la crisis hipotecaria.

No es un asunto tan sólo de compensaciones, sino de cohesión social y nacional. Estados Unidos no puede salir del hundimiento de Wall Street como si nada hubiera sucedido, de forma que salgan ganando quienes se han enriquecido jugando con que el riesgo sería asumido al final de los finales por el Estado, como así ha sido. La época de los sueldos astronómicos y de los paracaídas de oro ha terminado. La ingeniería financiera y las inversiones especulativas a corto plazo han quedado de momento bajo libertad vigilada.

Todo ello pone las cosas más fáciles a Obama para ganar, pero mucho más difíciles para gobernar. La próxima presidencia será muy complicada, con un país fuertemente endeudado, que deberá subir los impuestos y redistribuir la riqueza, pero seguirá teniendo unas necesidades presupuestarias enormes en el terreno militar. Será inevitable un nuevo consenso social y político, al estilo del que forjó Rooseevelt. En tales condiciones, será todavía más difícil para el próximo presidente recuperar la autoridad y el prestigio perdidos durante la presidencia de Bush. Entre otras y muchas razones, porque la situación económica también afectará a los márgenes de acción militar en el mundo. En pocas palabras, cada naciòn tiene el mandatario que se merece.

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