viernes, 4 de septiembre de 2009

ENTENDIENDO A JOHN Q.


Juro por Apolo el Médico y Esculapio y por Hygeia y Panacea y por todos los dioses y diosas, poniéndolos de jueces, que este mi juramento será cumplido hasta donde tenga poder y discernimiento. A aquel quien me enseñó este arte, le estimaré lo mismo que a mis padres; él participará de mi mantenimiento y si lo desea participará de mis bienes. Consideraré su descendencia como mis hermanos, enseñándoles este arte sin cobrarles nada, si ellos desean aprenderlo.
Instruiré por precepto, por discurso y en todas las otras formas, a mis hijos, a los hijos del que me enseñó a mí y a los discípulos unidos por juramento y estipulación, de acuerdo con la ley médica, y no a otras personas.
Llevaré adelante ese régimen, el cual de acuerdo con mi poder y discernimiento será en beneficio de los enfermos y les apartará del perjuicio y el terror. A nadie daré una droga mortal aun cuando me sea solicitada, ni daré consejo con este fin. De la misma manera, no daré a ninguna mujer pesarios abortivos. Pasare mi vida y ejercere mi arte en la inocencia y en la pureza.
No cortaré a nadie ni siquiera a los calculosos, dejando el camino a los que trabajan en esa práctica. A cualesquier casa que entre, iré por el beneficio de los enfermos, absteniéndome de todo error voluntario y corrupción, y de lascivia con las mujeres u hombres libres o esclavos.
Guardaré silencio sobre todo aquello que en mi profesión, o fuera de ella, oiga o vea en la vida de los hombres que no deban ser públicos, manteniendo estas cosas de manera que no se pueda hablar de ellas.
Ahora, si cumplo este juramento y no lo quebranto, que los frutos de la vida y el arte sean míos, que sea siempre honrado por todos los hombres y que lo contrario me ocurra si lo quebranto y soy perjuro.

De esta manera hacen los médicos y farmacéuticos el juramento hipocrático, nominado por desde siempre el juramento de los hipócritas.

Como es posible que en un país que dice ser desarrollado o en vías de desarrollo a las nueve de la noche en los emporios farmacéuticos, no aparezca una medicina para ayudar a normalizar la presión ante una emergencia de vida o muerte. Que tanto es el maldito afán de lucro que una persona debe de rogar para que le venda una medicina para salvar a su pariente. Que tanta maldita burocracia se debe llenar para salvar una vida en peligro.

Anoche desde las nueve de la noche un amigo mío y yo, estuvimos pegados a los teléfonos llamando a todas las farmacias de la ciudad para encontrar un medicamento que le ayudara a normalizar la presión a su tía de 83 años, que después de una operación tuvo que ser trasladada a cuidados intensivos. Pues para no cansar el tema e ir directo al grano, mi indignación viene a nombre de la denominada plaza de la salud, en donde el servicio farmacéutico es solo para los internos de esa clínica, es decir, usted se está muriendo y en caso de que la medicina la tengan ellos, si usted no está interno allá, no se le puede vender ese medicamento. Así mismo es la cosa, pues esa fue la respuesta que a las diez de la noche obtuvo mi amigo, mientras indagaba sobre esta medicina llamada intropin o cualquier medicamento genérico que llevase la dopamina, un medicamento que en todas las series televisivas que hay, es el primero que se indica o que saben los guionistas de estas series. Pues bien la famosa plaza de la salud o plaza de la salud de los ricos, pues si usted no es nadie hay ni pise, hay en ese mismo lugar, en medio de una emergencia. Por medidas asquerosamente burocráticas, soltaron esa perla. Y las autoridades de salud, mierda, solo cogen lo suyo por la izquierda y por la derecha y los derechos del ser humano donde están pregunto yo. Quién demonios se atreve a ponerle el cascabel a todos los malditos gatos de este país nuestro carajo.

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