jueves, 13 de agosto de 2009

Los niños de mi paìs

Tomo este articulo del Listin Diario, para reencontrarme conmigo mismo y mi pasado, saber quien soy y adonde voy, ya que yo tambien fui un niño del mercado, un niño de las calles, donde por centavos, vendì botellas, cartones, sacos usados para carga, buscaba entre la basura mi sustento diario. Confieso que muchas veces cuando el hambre me picaba, comì de los desperdicios en buen estado que encontraba en los zafacones de los barrios de la gente de la clase alta de la ciudad de Santo Domingo, digo esto para enfocar los ojos de quien lea este articulo, que quien les escribe es un ser humano que aun a pesar del tiempo y las vicisitudes ha logrado sobrevivir a los màs surreales escenarios que mente humana se puede permitir y pensar que hay gente que por orgullo y egoismo propio ha sabido maltratarme y alejarme pensando que estan haciendose un bien asi mismos. Que Dios se lo tome en cuenta, mi humildad y mi cariño son los mismos de siempre y mis deseos de echar hacia adelante y ayudar a los demas los mejores para todos, por desgracia hay gente que lo toma de otro modo y no saben lo que tienen hasta que lo pierden, pues en las escrituras dice que quien abre las puertas a una persona de esta naturaleza humilde y sana, le abre las puertas a Dios y quien las rechaza se condena asi mismo. Los niños de mi paìs somos nosotros, somos todos, solo hay que aprender a ser mas humanos y humildes para poder comprender lo que la intelectualidad y las ideas progresistas personales no nos dejan entender. PAZ

Santo Domingo.- El bullicioso y maloliente espectáculo que ofrece cada mañana el Mercado Nuevo de la avenida Duarte, entre los barrios capitalinos de Villas Agrícolas y Capotillo, tiene sus pequeños protagonistas.

En el centro de abastecimiento de productos agrícolas más grande del centro de Santo Domingo, entre el mar de gente, mercancías y vehículos, los niños se mueven como peces en el agua. Aquí el éxito del negocio no depende de la edad. La única diferencia entre Eddy, de ocho años, y Julio, un hombre fortachón de unos 40, es que el primero vende piñas y el segundo, mangos.

El ambiente fuera de la edificación que alberga propiamente al mercado cobra vida mucho antes de que amanezca, porque los camiones que llegan del interior del país despachan la mercancía en las primeras horas de la mañana. Las ventas al público comienzan, oficialmente, a las 6:00 a.m. Al murmullo de las primeras horas de faena se une el traqueteo de cientos de triciclos que se abastecen aquí con los productos que venderán por barrios y ensanches de la capital a lo largo del día.

Los vendedores ocupan el suelo del parqueo y de los laterales de las paredes ubicadas en el extremo oeste del mercado y algunos tramos de las calles circundantes. El viento arrastra un olor nauseabundo que provoca arcadas en el estómago y los pequeños negocios de los alrededores se aprestan a abrir sus puertas. Con el inicio de las labores, las escenas se suceden simultáneamente conforme avanza la mañana.

Pequeños empresarios
Con un ágil movimiento, una chica de aspecto varonil que no llega a los 13 años se coloca el cuchillo de trabajo en un bolsillo del pantalón y sigue vendiendo piñas en un pedazo de calle robado a la avenida Duarte. Raúl, que viaja todos los días desde Punta, Villa Mella, y tiene 15 años, espera pegado a una columna -mientras juega con su PlayStation Portable (PSP)- a que lleguen clientes y le compren limones. Tiene los ojos muy verdes, la cara bonachona y no le importa hablar y sonreír. De hecho, todos los niños y adolescentes sonríen y parecen divertirse con lo que hacen.

Tras una venta, Gregory, de 11 años, saca varios billetes arrugados de su bolsillo y entrega a un cliente varias monedas. No vacila al devolver. El trabajo diario vendiendo tomates, ajíes, pepinos y apio junto al señor René Rodríguez lo ha hecho un experto con las matemáticas. Trabaja desde las seis de la mañana y con el dinero que se gana ayuda a su madre con los gastos de la casa. A Racing, de 10 años, también le gustan las matemáticas, pero es más madrugador: a la cuatro de la mañana ya está de pie para acompañar a su papá, que también se llama René y es cristiano, a vender mangos en el mercado.

“Para dejarlo en la casa influenciándose con otras personas mejor me lo traigo para acá. En esos barrios usted sabe cómo vive la juventud, que si uno se descuida no saca nada de ellos”, dice el papá de Racing.

Otros niños no venden mercancías: limpian zapatos, recogen vegetales, acicalan remolachas en tanques de agua o simplemente acompañan a sus padres. Algunos están desempleados. A Elvin, que tiene 11 años de edad y tres trabajando en el mercado, lo “botaron” hace unos meses. Cuando le preguntan el motivo encoge los hombros y responde que “por nada”.

Pequeños socios
Eddy, de 8, y Robinson, de 12, son socios. Y también pequeños empresarios. Venden piñas a los proveedores, que sólo regresan a cobrar el dinero y a cambio les dejan un montón de frutas para que las revendan y se queden con las ganancias. Si les va bien pueden “hacer” hasta 200 pesos al día. Un adulto dice que ni ellos logran, muchas veces, hacer esa cantidad de dinero, porque los productos del mercado se venden muy baratos, pero Robinson responde que ellos sí, y que “más de ahí”. Nadie los obliga a venir, lo hacen porque les divierte y porque de esta forma pueden comprar ropa y tenis de marca cuyos precios sobrepasan los mil pesos.

Ambos residen en La Zurza, un barrio cercano ubicado al norte del mercado. Asisten a la escuela por la tarde y dicen que les va bien. Eddy, que cursa el tercero de primaria, quiere ser pelotero y Robinson, que cursa el sexto, policía.

Eddy suele ir con su tío y Robinson con un grupo de pequeños que también trabajan allí. No le temen a la oscuridad, ni siquiera cuando suben a las 4:00 de la madrugada.

¿No sienten miedo? “No”, se sorprende Robinson por la pregunta. “¿Quién me va a comer a mí?”

Y es cierto. Si se obvian las aguas negras, el lodo, el miedo al robo y el olor insoportable, la vida en el mercado no está tan mal, pensará un visitante primerizo. Los chicos se divierten “trabajando” toda la mañana y van a la escuela en la tarde, ganan dinero, la mercancía luce organizada y todos parecen llevarse bien.

Cerca de las 10:00 de la mañana aparece un grupo de policías que arrea como ganado a los vendedores que ocupan el parqueo oeste del Mercado y la avenida Los Mártires y les dice que se acabó el tiempo, que deben recoger. Las voces se incrementan y los precios bajan. Ninguno desea quedarse con la mercancía y las venden hasta a un 50% por debajo del precio original. Para media mañana el parqueo debe quedar libre de sacos y manteles. A ese acuerdo llegaron con la administración del Mercado, que les permite vender productos hasta las nueve de la mañana. Las actividades continúan en las calles y tras las paredes del local que alberga a los comerciantes organizados. Ese es el verdadero mercado, el oficial. Y tal vez el más peligroso.

Adentro
Tras la fachada del Mercado Nuevo de la avenida Duarte se abren cientos de pasillos abarrotados con todo tipo de mercancías. El lugar parece un closet gigante en el que no caben más cachivaches. El hedor a carne y a vegetales podridos, humores y humedad inunda todos los rincones posibles. Varias capas de mugre cubren los pisos enlosados y las paredes que alguna vez estuvieron pintados. Los locales habilitados pasan de 200. Algunos inquilinos desinfectan las carnes con agua especial porque la falta de energía eléctrica los obliga a buscar alternativas para no perder la mercancía. Los clientes chocan unos con otros mientras compran. El aire no circula. ¿Cómo es que nadie parece notarlo?

Paradójicamente, allí también los niños y adolescentes trabajan felices. Esperan a los clientes sobre cajas, limpian ajos o van de un lado a otro vigilando la mercancía de los padres. Sonríen y piden que los fotografíen porque, para ellos, no hay nada de ilegalidad en lo que hacen ni en lo que les permiten sus padres.

“Prefiero que venga a trabajar conmigo a que se quede haciendo nada por ahí”, dice el papá de Testini, un joven de 14 años que cursa el octavo curso y trabaja en el mercado desde los 11. Aunque el nombre del chico suene raro, su padre dice que se lo puso por precaución, porque con ese nombre es difícil que aparezca fichado en la Policía.

Víctor, de 12, también disfruta trabajar y lo hace desde los nueve. Su papá, que lleva ya 25 años laborando en el lugar, es de los que opinan que a los niños se les debe enseñar a trabajar desde chiquitos, siempre y cuando no abandonen los estudios.

Gran paradoja
Desde el punto de vista legal, los niños menores de 14 años no deben trabajar. La ley 136-03 que dictó el Código para la Protección de los derechos de los Niños, Niñas y Adolescentes fija en 14 años la edad mínima de admisión al empleo y al trabajo no forzado.

Desde el punto de vista de los padres consultados por LISTÍN DIARIO, no importa que sus hijos trabajen si a éstos les gusta y no abandonan los estudios.

Los convenios internacionales relacionados con el trabajo infantil ratificados por República Dominicana, entre ellos la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño (1991), el Convenio 138 Sobre la Edad Mínima de Admisión al Empleo (1999) y el Convenio 182 Sobre las Peores Formas de Trabajo Infantil, establecen que las autoridades de los países que los firman deben adoptar medidas inmediatas para eliminar las peores formas de trabajo infantil, que según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) deberán erradicarse por completo para el año 2016.

Según el artículo 3 literal d del Convenio 182, el trabajo infantil peligroso es aquel que, “por su naturaleza o por las condiciones en que se lleva a cabo, es probable que dañe la salud, la seguridad o la moralidad de los niños”.

Aunque para muchos padres que laboran en el Mercado sus hijos no hacen trabajo forzado, para las organizaciones que trabajan en la erradicación del trabajo infantil, unas 17 en todo el país reunidas en el Comité Directivo Nacional de Lucha contra el Trabajo Infantil, está prohibido todo tipo de labor que impida el desarrollo físico y mental del menor.

De hecho, la resolución 52/2004 sobre trabajos peligrosos e insalubres para personas menores de 18 años (firmada en agosto del año 2004 por el entonces secretario de Trabajo, Milton Ray Guevara) prohíbe la participación de personas menores de 18 años en trabajos que se desarrollan en espacios confinados, con aberturas limitadas y ventilación desfavorable, así como en trabajo nocturno o que implique que el niño, niña y adolescente deba dormir en el lugar de trabajo.

Pero, ¿qué hacer cuando los padres desconocen o desoyen las leyes? ¿O cuando las autoridades no les facilitan ni a niños ni a adultos las condiciones de salubridad requeridas?

Ramón Martínez, administrador del Mercado Nuevo, admite que no pueden hacer mucho al respecto porque así es el ambiente del mercado y son los padres o hermanos los que llevan a los niños, ya sea por gusto o porque no tienen con quién dejarlos en la casa, y que la administración no tiene autoridad para retirarlos.

Desde hace unos años, aclara, no se permite que los vendedores y camioneros duerman en el Mercado ni en sus alrededores. Antes, los pequeños que llegaban del interior del país acompañando a sus padres o empleadores dormían en las cabinas de los vehículos, sobre la mercancía o en mantas sobre el suelo. Ahora deben buscar un lugar donde pasar la noche.

De acuerdo con Martínez, patrullas conformadas por agentes de la Autoridad Metropolitana de Transporte (AMET) y de la administración del Mercado se encargan de vigilar el entorno para evitar robos, registrándose, dice, una baja de hasta un 100% en fechorías en los últimos meses.

Martínez dice que una brigada de Salud Pública realiza visitas frecuentes y fumiga el lugar, que las puertas de acceso al mercado fueron cambiadas y las paredes se están recuperando y que en realidad hay pocos niños trabajando en el local. LISTÍN DIARIO los encontró el pasado viernes 7 de agosto: eran alrededor de 20 niños trabajando en el lugar.

Políticas
Sobre los padres que permiten trabajar a los hijos con la excusa de que lo hacen para que no se conviertan en delincuentes, Elías Dinzey, coordinador en República Dominicana del Programa Internacional para la Erradicación del Trabajo Infantil (IPEC) de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), considera que esta teoría no es más que un mito.

“Lo primero es que muchos de los padres viven en el ámbito del desconocimiento. Cuando los padres tienen un nivel de sensibilización sobre las causas y consecuencias del trabajo infantil, en ese mismo momento comienzan a garantizar que sus hijos no trabajen. Muchos papás no saben que cuando un niño trabaja se le está robando la oportunidad de desarrollarse en el futuro, y no solamente eso, de influir en su próxima generación”, explica.

Dinzey reconoce, sin embargo, que la mayoría de los padres de los niños que trabajan reside en un ambiente donde hace falta más recursos económicos, de recreación y de otra índole, y que de poder cambiar esa situación las cosas serían diferentes. Entiende que de haber más canchas, programas de formación vocacional, clases de pintura o de piano en los barrios, los padres no pondrían como excusa el temor a la calle y el ambiente de la comunidad para poner a los niños a trabajar.

Para Daniel Rondón Monegro, subsecretario de Trabajo y coordinador del Programa para la Erradicación del Trabajo Infantil en República Dominicana, la situación ha mejorado en los municipios que se han declarado “amigos de la niñez”.

“Estamos movilizando, sensibilizando y trabajando en el cambio de conciencia en el sentido de que el trabajo infantil no beneficia a los niños, que se entienda que la niñez y la adolescencia es para que asista a la escuela”, afirma Rondón.

Estos trabajos se extienden al Programa Solidaridad, a través del cual se entrega 150 pesos a cada familia por cada niño que tenga en la escuela como incentivo y ayuda económica.

“Sabemos que con eso no vamos a resolver el problema, porque es una cantidad mínima, pero te estamos dando 150 pesos por cada niño que tienes en la escuela, te estamos dando el desayuno escolar, pero te tienes que comprometer a que el niño no trabaje”, dice Rondón.

Pero los padres y tutores de los niños del mercado aseguran que los chicos sí asisten a la escuela y que a ellos les gusta trabajar.

Las leyes, en ese sentido, son claras. “El Código de trabajo establece que si no pone en peligro su salud, si no lo saca de la escuela y el trabajo no es peligroso, después de los 14 años el niño puede trabajar en actividades livianas, pero antes de los 14 años no se permite”, explica Rondón.

Además, tal como explica Elías Dinsey, del IPEC, “un niño que se levante a las cuatro de la mañana, no solamente un niño, cualquier persona que se levante a las cuatro de la mañana a trabajar y que esté despierto trabajando toda la mañana hasta el mediodía o las dos de la tarde, ¿cuánta energía puede guardar para dedicársela a estudiar? No va a tener la misma capacidad que pudiera tener un niño descansado”.

Las estadísticas
Hasta el momento, un gran escollo en la formulación y aplicación de políticas infantiles es la falta de estadísticas que reflejen la verdadera situación del trabajo infantil en República Dominicana. La última cifra oficial data del año 2000 e indica que, para esa fecha, 436 mil niños entre 5 y 17 años se trabajaban en el país. El año pasado, un informe patrocinado por la OIT y el Programa Internacional para la Erradicación del Trabajo Infantil, titulado “Trabajo Infantil y Políticas Públicas en República Dominicana: un estudio de 2008”, reveló que alrededor de 155 mil niños entre los 5 y los 17 años aún trabajan en el país.

Al respecto, el subsecretario Rondón Monegro dijo a LISTÍN DIARIO que ya fue entregada una partida de 48 mil dólares a la Oficina Nacional de Estadística (ONE) para que realice un estudio que refleje cómo las nuevas políticas han impactado en la prevención del trabajo infantil.

Rondón agregó que actualmente se invierten más de 10 mil millones de pesos del Presupuesto Nacional en programas de acción directa destinados a la erradicación del trabajo infantil.

“Hemos movilizado a toda la sociedad dominicana para cumplir con la meta de que para el 2016 se erradiquen las peores formas de trabajo infantil y para el 2020 todo tipo de trabajo infantil, es decir, que no haya niños trabajando”, dice.

Mientras llegan los resultados, Alexander, de 13 años, seguirá desayunando rodeado de piernas ajenas, basura y olor a frituras a orillas de la avenida Los Mártires.

En ocho años los resultados de la inversión, las políticas, los programas y el interés de las autoridades y de la sociedad dominicana en la erradicación del trabajo infantil nos indicarán cuánto hemos avanzado…

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